GRACIAS POR TODO, VIEJO

cena navidad veterano futbol 22Eran las dos de la tarde del 4 de julio de 2014, el día que Alfredo Di Stéfano cumplió 88 años. A esa hora, minuto arriba, minuto abajo, le llamé para felicitarle. Su hija Silvana se puso al teléfono, preguntó quién era y la escuché decir: “Papá: es Luis Miguel González”. Al otro lado del teléfono escuche la voz tenue de un hombre al que, en más de una ocasión, le dije que nunca podría agradecerle la sincera amistad que me había brindado. Tras felicitarle por su aniversario estas fueron las últimas palabras que oí de mi admirado Alfredo Di Stéfano: Gracias, querido, por tu felicitación. ¿Qué cómo me encuentro de salud? Me encuentro mejor, pero apenas salgo de casa”. “Me encantaría hacerte una visita”, le comenté. “Acá en casa te espero, querido. Vente a verme cuando quieras”.

 Ahora, aún con la frescura en el recuerdo del breve diálogo que mantuve con él, a borbotones se me vienen las vivencias que tuve la fortuna de compartir con este inconmensurable futbolista en viajes, cuando fue entrenador del Real Madrid; en su pequeño despacho de la Asociación de Veteranos, en almuerzos o en su propia casa. “González -así me llamaba-, la vida es una constante lucha, a veces muy ingrata por las injusticias que se cometen, y hay que procurar cuidar al bobo para que no se pare, porque cuando lo haga te meten en el cajón”. Alfredo llamaba bobo al corazón porque, según él, era el único órgano del cuerpo que siempre estaba trabajando. Se han pronunciado y escrito calificativos en grado superlativo sobre su trayectoria deportiva, que sería extensa de contar en este ramillete de líneas. Desde aquel Unidos y Venceremos, el primer el primer equipo que fundó con sus amigos del barrio argentino de Barracas, donde nació el 4 de julio de 1926, hasta el último que defendió en activo: el Espanyol. Si el fútbol de La Saeta Rubia, como le bautizó un periodista argentino cuando jugó en el River Plate, así como su etapa en el Millonarios, maravilló a los aficionados, donde Alfredo dejó una huella imborrable fue en el Real Madrid.

Su llegada al club de Chamartín no sólo supuso, como tantas veces se ha recordado, cambiar la historia de la entidad, sino que cogió la batuta de ladi stefano 3 orquesta blanca y la dirigió con tanta entrega y pasión que el equipo blanco interpretó melodías de fútbol que sonaban a música celestial. “El mérito de los triunfos del equipo no son sólo míos, sino de toda la muchachada”. Un hombre que, junto a aquella muchachada, logró que el Real Madrid hiciera las mayores y más emblemáticas gestas de su historia. Alfredo Di Stéfano debutó en el Madrid el 23 de septiembre de 1953. Fue en un partido amistoso en Chamartín contra el Nancy francés. El equipo blanco perdió por 2-4, Di Stéfano marcó un gol en el minuto 67 y esta fue la formación del conjunto madridista: Cosme; Campa, Seoane, Alonso; Muñoz, Serrano (Goñi); Atienza, Sobrado (Vázquez), Di Stéfano, Rodríguez (Wilson, al reemplazó Marsal) y Arsuaga.

Sobre su llegada a la capital de España, tras residir tres meses en la Ciudad Condal a la espera que el Barcelona decidiera contratarle, tras la pugna que mantuvo con el Madrid, un día me confesó: “Había que tener valor para hacer lo que hice. Aunque siempre hablo del colectivo, de los compañeros, este tanto me lo apunto yo sólo. Tras viajar durante doce horas por la noche en aquellos trenes de la época, en los que conciliar el sueño era una hazaña, pasé el reconocimiento médico, firmé el contrato en cinco minutos, que ya estaba hecho y, después de llevar tres meses sin entrenar como era debido, jugué el partido que estaba fijado para las tres o tres y media de la tarde. Cuando reflexioné sobre todo lo que había hecho, desde las diez de la mañana que llegué a Madrid hasta que haciéndose de noche me volví a reunir con mi mujer y mis hijas, llegué a pensar que me había convertido en Supermán”. Cuatro días después de aquella improvisada presentación contra el Nancy, en la tercera jornada de la campaña 1953-54, Di Stéfano jugaba su primer encuentro oficial con el Real Madrid. Ganó el equipo blanco por 4-2 y, a los 52 minutos, el argentino marcó su primer gol con la zamarra blanca. Aquella campaña, colectiva y personalmente, se grabó con letras de oro en la historia del club por algo que pocos aficionados recuerdan: el Madrid llevaba 21 años sin ganar la Liga. En aquella temporada logró el tercer galardón de su historia y Di Stéfano se proclamó máximo goleador de la competición con 28 goles, galardón que conquistó cuatro veces más, en las temporadas 1955-56, 1956-57, 1957-58 y 1958-59.

El 27 de mayo de 1964, en la final de la Copa de Europa frente al Inter de Milán, jugó su último encuentro oficial con el Real Madrid. Aquella derrota por 3-1 supuso que el entrenador, Miguel Muñoz, redactara un informe para que le dieran la baja, lo cual aceptó Santiago Bernabéu. “Me han echado con nocturnidad y alevosía”, manifestó después de las reuniones que mantuvo con Raimundo Saporta y Santiago Bernabéu. En el verano de 1964 firmó por el Espanyol por dos años. En el equipo blanquiazul, tras dos campañas, colgó las botas un jugador que durante toda su etapa deportiva ejerció sobre el terreno de juego como arquitecto, constructor y peón, virtudes que en todo momento puso de manifiesto defendiendo la camiseta blanca. Una zamarra, así como el nombre del Real Madrid, que latía con fuerza en su corazón, que se fue debilitando a partir del 2005. En su carrera de entrenador, Elche, Valencia, Real Madrid, River Plate, Boca Juniors…, también triunfó. Su innato carácter de ganador se lo imprimió a los compañeros de las plantilla que integró y, después, a sus discípulos.

C96 26B DiStefanoEn las once temporadas que militó en el Real Madrid, Di Stéfano jugó 396 partidos oficiales, en los que marcó 307 goles, inscribiendo en su palmarés deportivo ocho títulos de Liga, una Copa de España, cinco Copas de Europa consecutivas, una Intercontinental y dos Copas Latinas. Se alineó 31 veces con la selección español y seis con Argentina. Evidentemente, Alfredo Di Stéfano no sólo cambió la historia del Real Madrid, sino que puso su nombre en las más altas cumbres del fútbol mundial. Su pundonor indiscutible en el terreno de juego, que contagió a todos los compañeros y que dejó como herencia a las sucesivas generaciones, virtudes que se convirtieron en una alianza con otra leyenda del club, Santiago Bernabéu, fueron suficientes argumentos para que la FIFA nominara al Real Madrid el Mejor Club del Siglo XX.

Termino estos párrafos con los ojos humedecidos y consternado por haber perdido a un amigo que, a pesar mostrar su fuerte carácter en algunos momentos (“porque yo, González, siempre llamó al pan pan, y al vino vino, sea quien sea”, me dijo en más de una oportunidad), puedo afirmar que su humanidad eran tan grande o más como “La fábrica”, como definía al estadio Santiago Bernabéu. Estaba tan agradecido a la pelota que le dedicó estas dos palabras: “Gracias, vieja”. Pues haciendo a honor a tu acertada definición sobre el balón, concluyó diciéndote: “Gracias, viejo, por todo el legado que nos has dejado, tanto como persona como futbolista”. Descansa en paz.

Luis Miguel González