MANUEL FERNÁNDEZ "PAHÍÑO", LA OBSESIÓN POR EL GOL

“A los cinco años que pasé en el Madrid les pongo un diez”

“Estando yo en el Deportivo, Di Stéfano me dijo: ´Si hubieras jugado a mi lado acabamos con los números del marcador´”

“Sólo pido a las televisiones que acerquen más el fútbol a las personas enfermas y a los que ya no podemos ir a los estadios”

(Esta fue la última entrevista con Manuel Fernández “Pahíño” que se publicó en el número 7 de la revista “Veteranos y Noveles” el 7 de febrero de 2010. Por su interés la insertamos en nuestra web).

En cinco años como madridista, Pahíño anduvo muy cerca de promediar un gol por partido (108 en 125 encuentros) con un porcentaje de 0,86 tantos por encuentro, sólo igualado por Ferenc Puskas. Manuel Fernández Fernández “Pahíño” sobresalió por una frenética búsqueda del gol, casi obsesiva. También es recordado por su ideología, plasmada en sus libros de cabecera, opuesta diametralmente al régimen franquista. El origen del apodo con el que se hizo famoso viene de su padre. En su Galicia natal, el paíño (sin h intercalada) es un pájaro marino que anida en tierra donde excava un gran agujero en el que deposita un único huevo.

pahíño3El instinto natural de este gallego, nacido el 21 de enero de 1923 en la localidad pontevedresa de San Pelayo de Navia, le llevaba a marcar, al menos, un gol en cada encuentro. “Ya de pequeño, jugando con los chavales en la alameda delante de la casa en la que nací, todos me llamaban Pahíño”, comenta nuestro protagonista a sus 86 años. Tras los primeros pasos en el Navia y en el Arenas de Alcabre, su fantástica capacidad rematadora lo condujo a las filas del Celta de Vigo, en el que recaló con 20 años para sustituir a un delantero canario. “Se trataba de Del Pino, que era bastante bueno, pero lo traspasaron al Sabadell por dinero”.

Debutó en Primera División, el 26 de septiembre de 1943, en una aciaga tarde del conjunto céltico, sepultado por una lluvia de goles en el feudo del Atlético de Madrid (7-0). Tras una nefasta temporada que llevó al Celta al descenso, el retorno a la máxima categoría vuelve a revelar las formidables virtudes ofensivas del delantero. “Leía las reseñas del Faro de Vigo, donde al periodista deportivo Hándicap, así firmaba las informaciones, se le ocurrió incluir la ´h` en mi nombre. Los periodistas siguieron escribiéndolo así”. Goleador incansable Compitiendo con los mejores arietes de su época (Zarra, Pruden, Mundo…) en el modesto Celta, Pahíño fue consolidándose.

Sin destacar por su técnica, remataba, con asombrosa facilidad, indistintamente con la pierna derecha o la izquierda y dominaba el juego aéreo. En la campaña 1947-48, el conjunto gallego terminó la Liga en cuarta posición, además de ser subcampeón de Copa, con su artillero como máximo goleador (23 dianas) de la División de Honor. Aquel fue el registro definitivo que lo catapultó al Real Madrid, adonde llegó acompañado de un compañero llamado Miguel Muñoz. Aquel Madrid de finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta estaba lejos de los grandes éxitos, a pesar de que Pahíño, incansable, firmaba 20 tantos por temporada, siendo la pesadilla del Barcelona en los encuentros de la temporada 1948-49. Su eficacia asombrosa le llevó a su segundo Trofeo Pichichi, esta vez con 28 tantos en la campaña 1951-52, en la que anotó cuatro de los seis goles que el Español se llevó de Chamartín (6-1).

Habría formado una dupla fabulosa con Di Stéfano, pero no hubo acuerdo a la hora de renovar el contrato. “El Madrid me ofreció firmar por un año más, y yo quería por tres. El Club se mantuvo en sus trece y trajo a Pérez-Payá para sustituirme. Tuve que irme, por desgracia, en 1953. Años más tarde, en un partido contra el Madrid, jugando yo en el Deportivo de La Coruña, Di Stéfano me dijo: ‘Ché, cariño, yo lamenté mucho que te fueras porque si hubieras jugado a mi lado acabamos con los números del marcador”. Pahíño jugó contra Di Stéfano cuando vino con Millonarios en las Bodas de Oro del Madrid en 1952. “Alfredo estaba fichado por el Barcelona, pero Bernabéu lo envolvió de tal manera que se lo trajo. Siempre sabía cómo fichar, como cuando contrató a Molowny. Di Stéfano siempre tenía frases ocurrentes. En un partido en Caracas, le dijo a Joseíto, que era muy marrullero: ‘Ché, que esto no es una plaza de toros”.

A los cinco años que pasé en el Madrid les pongo un diez”. Máxima efectividad con España Manuel Fernández Pahíño defendió los colores de España en tres ocasiones que terminaron con sendos empates. Marcó un tanto ante Suiza (3-3) en Zúrich en 1948; no anotó frente a Bélgica (1-1) un año después; e hizo doblete contra Irlanda (2-2) en Dublín en 1955, con lo que logró una diana por partido sin conocer la derrota. Cuesta explicar que su prodigiosa capacidad rematadora no le diera más oportunidades en la selección española. “Ser de izquierdas me impidió ir al Mundial de Brasil en 1950. Te lo tenías que tragar y además tener influencias para que no te pasara nada”.

El detonante que cercenó la trayectoria de Pahíño, aunque volvió en el citado partido de Dublín, sucedió cuando sonrió irónicamente ante las palabras de un general previas a un partido amistoso contra un rival de jugadores de de mayor estatura. Según Nacho, el hijo que fue testigo de la entrevista, el militar dijo: “Ahora, cojones y españolía”. Pahíño, sobre el actual equipo español, comenta: “Técnicamente, España es ahora mejor. Antes sólo hablábamos de furia, algo que era intocable, pero nos daban cada repaso…”

Antes de retirarse en el Granada, militó en el Deportivo, donde influyó que su mujer fuera coruñesa, hasta el punto de rechazar una oferta del Atlético de Madrid de Helenio Herrera. “Le gané al Madrid un trofeo Teresa Herrera, al marcar dos tantos que sirvieron para que el Depor ganara, por primera vez, al Madrid”. Obtuvo el carné de entrenador, pero prefirió guardarlo como otro recuerdo. “No tengo carácter para ello y exigía mucha disciplina”. Desligado del fútbol profesional, se convirtió en armador de buques pesqueros. Actualmente sigue vinculado al mar con dos barcos de su propiedad. Hoy pasea diariamente unos tres o cuatro kilómetros y vigila su corazón. “Hace unos años, como le ocurrió a Di Stéfano, tuve un susto. En el hospital me conocían todos los médicos”.

Como miembro de la Asociación de Veteranos confiesa: “Soy de los primeros. Me hice socio porque me lo pidió Miguel Muñoz y es una experiencia genial”. Manuel Fernández, “Pahíño”, continúa sufriendo por el Madrid. “Lo del Alcorcón ha sido durísimo, pero creo que la llegada de Florentino vuelve a traer cosas buenas, aunque no me ha gustado que se haya desprendido de Robben”. Asegura que el fútbol ha cambiado con este argumento: “Antes éramos esclavos de los clubes. Yo planté al Celta porque estaba hasta los cojones.” Hoy en día, disfruta de los partidos de la Liga inglesa de la que asegura: “Los árbitros son mejores y explican las jugadas. Por otra parte, sólo pido a las televisiones que acerquen más el fútbol a las personas enfermas y a los que ya no podemos ir a los estadios”.

Las convicciones ideológicas de Manuel Fernández, Pahíño, le llevaron a una apasionada afición por la literatura de autores vetados, cuando no prohibidos, por el régimen de Franco. “Tenía una magnífica colección de escritores rusos, para quitarse el sombrero, y en plena dictadura cualquiera los cogía, pero yo me atrevía. En la Rambla había muchos quioscos y el dueño de uno de ellos era amigo de un amigo mío. Cuando salía un libro de un escritor, me lo conseguía. Me encantaban Tolstoi y Dostovieski, pero leía a otros escritores norteamericanos, como Hemingway”. “En una entrevista en Inglaterra -recuerda su hijo-, declaró que leía a Tolstoi. Se publicó y menuda la que se montó. Los mandamases eran los de camisas azules y pantalones negros. Por otro lado, está documentado que el Ché Guevara estuvo entre el público en uno de los partidos que el Madrid jugó contra el Millonarios en Bogotá en julio de 1952” Al margen de sus inquietudes literarias, Pahíño despreció muchas tentaciones del fútbol. “Yo lo viví a mi aire. Estaba casado y con hijos (tiene cinco vástagos) y no me interesaba ninguna golfería. Conocía a bastantes artistas, como Ángel de Andrés o Antonio Casal. Y aunque no lo conocí, admiraba a Tony Leblanc”.

Luis Miguel González